
Mi querida madre:
Aunque usted nunca lo ha sabido, yo siempre he andado tomando parte en todo lo que se refiere a atacar al régimen funesto de nuestra patria y en vista de que todos los esfuerzos han sido inútiles para tratar de lograr que Nicaragua vuelva a ser (o sea por primera vez) una patria libre, sin afrenta y sin mancha, he decidido aunque mis compañeros no querían aceptarlo, el tratar de ser yo el que inicie el principio del fin de esa tiranía...
Espero que tomará estas cosas con calma y que debe pensar que lo que yo he hecho es un deber que cualquier nicaragüense que de veras quiera a su patria debía haber llevado a cabo hace mucho tiempo.
Lo mío no ha sido un sacrificio sino un deber que espero haber cumplido. Si usted toma las cosas como yo deseo, le digo que me sentiré feliz. Así que nada de tristeza que el deber que se cumple con la patria es la mayor satisfacción que debe llevarse un hombre de bien como yo he tratado de serlo...
Si toma las cosas con seriedad y con la idea absoluta de que he cumplido con mi más alto deber de nicaragüense, le estaré muy agradecido.
Su hijo que siempre la quiso mucho,
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Tomado de: Gregorio Selser, Nicaragua de Walker a Somoza, Mex Sur Editorial, México, 1984.
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Era el 21 de septiembre de 1956. En la Casa del Obrero (León), se daba una fiesta, tras la convención liberal que proclamaría otra vez a Somoza García como su candidato.
“Nuestra orquesta Occidental Jazz tocaría en la fiesta. A las tres de la tarde, en las cercanías de la Iglesia San Francisco me encontré con Rigoberto. Yo iba para la Casa del Obrero, él en dirección del parque. Nos saludamos”, recuerda el maestro José Cabrera.
A las 7:30 p.m., cuando se presentó la orquesta, Rigoberto se aproximó, pero entró después. Saludó a algunas personas. “Sonaba ‘Hotel Santa Bárbara’, cuando oímos disparos y vi caer herido a Somoza, tocándose a la altura del estómago. Entonces se escuchó una ametralladora. Todo mundo se tiró al suelo. Se formó un alboroto, había gente herida. Nunca vi tanto humo por disparos y casquillos de bala en el piso, así mataron al poeta”, recuerda el músico Cabrera.
Mientras unos militares sacaban cargado a Somoza hacia el Hospital San Vicente, otros prohibían la salida del local, enfilaban a los asistentes hacia el Parque Central, donde serían investigados sus nombres, fotografiados y quedaban bajo las órdenes del jefe de la plaza, coronel Lisandro Delgadillo.
Ordenes y contraórdenes se escucharían luego, producto de las contradicciones y altanería del teniente de la Seguridad Alesio Gutiérrez y el coronel Delgadillo.
Las patrullas recorrían la ciudad, sacando de sus casas a algunos amigos del poeta, sospechosos por haber conversado con Rigoberto tras su regreso de El Salvador, de donde vino para ejecutar el plan. Los periodistas Armando Zelaya, Sofonías Mayorga, Luis Aragón y otros no escaparían de la represión.
La
casa de la familia de Rigoberto tampoco escapó de la violencia de la
Guardia. A las once de la noche eran sacados de su casa, doña Soledad,
Salvador y Emelina, madre y hermanos del poeta. Les recetaron 41 días
de cárcel, a pesar que no conocían los planes del poeta, recuerda
Emelina, que para entonces tenía quince años.
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